lunes, 5 de julio de 2010

Capítulo 4.


Capítulo 4.
Ya yo no sabía qué vida me correspondía. Comencé una larga travesía por cada uno de mis sentidos hasta llegar a la herida de mi alma. No sé por qué se preguntaba como hubiera sido todo si el pasado no fuera pasado por los errores. Yo le daría dos respuestas:
1. Soy adicto a tus amores y dolores.
2. No podría quedarme en el piso y volaría.
Creí que volar era la única manera de que ella sintiera y valorara un sentimiento que es más grande que el cuadro viejo de la pared.

Cuando estuve por mi mirada, por la visión, me había dado cuenta que mis ojos tenían pegado todo lo bueno para que lo malo no se viera. Había arrancado los dos rollos de la película y mi ser se transporto al tacto.
Mi tacto era tan frio como la cama de Ricardo Arjona. Es verdad, había pingüinos desde que el pasado se metió en mi vida, pero no el mío, sino el tuyo. Mis vellos estaban tan arriba como podían. La tensión hacia que mis venas se movieran y la inyección, para calmar el dolor, era errada por el doctor.
Perdí el sabor del amor que sentía, no completamente pero si había perdido gran parte. Mi única tarea era amar a una persona que aún quería lo distante y no apreciaba lo cercano. Me cargó, sostuvo, mucho tiempo de la mano pero me resbalé para que se pudiera levantar. Serví de gran ayuda ¿No? Siempre esperé que la duda se despejara de su mente como las ecuaciones de matemáticas. Me deseo hacia ti, hablando en primera persona, era encontrarte en alguna otra parte.
Mi olfato era de muerte, todo olía tan muerto como el amor. Las rosas ya no olían a rosas porque la mujer hermosa que yo quería siguió nadando en el mar del pasado que la había maltratado. Sentí como si yo hubiera fallado pero hice el mejor intento. Mi labor era mantener su corazón contento y creo que lo logré pero la podía hacer quebrar en tristeza si mi segunda tarea hubiera sido volar.
Mi oído ya se engañaba al no dejar entrar sus palabras para que no me hirieran. No quiso mentirme pero creo que era la mejor arma que podía usar. Darme a entender que mis sueños no tenían que nacer.

Me encontré a mí mismo, solitario en una esquina pidiendo ayuda. El muro era muy alto que no podía ver ni sentir, mucho menos oler, el silencio recorría los ladrillos y vivía en la oscuridad. Cegado por ella y la muerte seguía ahí.

Intenté levantarme pero caía. No tenía unos pies firmes para sostenerme. Mi mayor miedo era perderme y me perdí hace mucho tiempo en su mirada.

Ella aún carga la cruz de su miedo. Mi principal deseo era que la dejara caer pero parece que se la hubiese engrapado. No la suelta ni para ir al baño, porque piensa. No la suelta ni para dormir, para que le pese y la haga pensativa. ¿Dónde quedo la energía positiva? Según ella, no existe felicidad ni momentos felices. Dice que puedo ser un salvavidas pero, como que no se da cuenta, hay tiburones en el mar y a mí me comieron desde el primer momento en que ella me vio. Pensé que ella podía ser mi estrella, pero no podemos jugar tres el mismo juego, y su pasado me quemó a mí como si fuera fuego, sabiendo que yo tenía un corazón ciego que se guiaba por ella pero escogió la antigua carretera donde una vez la atropellaron. Ella quería montarse en el mismo carro pero esa versión ya la descontinuaron, entonces quería buscar de la chatarra pero mi guitarra seguía tocando como violín, la serenata del pasado y ella.

By: Marco Mejía.

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